No hay frase que un canario escuche más, ni que le produzca sentimientos más encontrados, que aquella de «qué suerte, con lo bien que se vive ahí». La suelta el visitante, embelesado, mientras contempla la puesta de sol. Y uno sonríe, asiente, y por dentro piensa: sí, se vive de maravilla, hasta que llega el primero de mes.
Porque el paraíso, resulta, también pasa factura, y la pasa cara. El sol es gratis, cierto, y el mar no cobra entrada, de momento. Pero todo lo demás —el alquiler, la cesta de la compra, el billete para salir de la isla cuando uno quiere ver otra cosa que no sea el mismo horizonte precioso— llega con un recargo que nadie menciona en las postales.
Vivimos en el escaparate más bonito del mundo, sí, pero es un escaparate donde cada vez es más difícil encontrar sitio para vivir. Uno ve cómo su barrio de siempre se llena de maletas con ruedas y se pregunta, sin rencor pero con cierta melancolía, dónde vivirá la gente que hace que esto funcione.
Y aun así no nos vamos. Claro que no nos vamos. Porque uno se asoma a esa puesta de sol, respira ese aire, mete los pies en ese mar de enero, y entiende que quejándose y todo, apretando el cinturón y todo, este sigue siendo el mejor sitio del mundo para vivir mal de dinero pero bien de todo lo demás. Y con eso, isleños, tiramos.
