Hay pueblos que tienen el viento, otros la lluvia, y nosotros, los canarios, tenemos la calima. Un fenómeno meteorológico que lo mismo te tapona el cielo de polvo del Sahara que te sirve de coartada perfecta para absolutamente todo lo que salga mal en tu vida.
¿El coche está sucio? No es que lleves tres meses sin lavarlo, no: es la calima. ¿Te duele la cabeza? Calima. ¿Estás cansado, de mal humor, sin ganas de nada? Calima, evidentemente. ¿No has terminado ese trabajo que tenías que entregar? Mire usted, con esta calima no hay quien rinda. Es la fuerza mayor más versátil jamás inventada.
Y cuando llega de verdad, la calima gorda, la de «no se ve el volcán desde la ventana», entonces el archipiélago entero se transforma. El cielo se pone marrón, el sol desaparece, todo se cubre de una capa fina de África, y los canarios, en lugar de alarmarnos, asentimos con la resignación de quien conoce a un pariente pesado que viene de visita sin avisar.
Porque la calima, en el fondo, es de la familia. Molesta, ensucia, te reseca la garganta, pero es nuestra, y nos ha enseñado la mayor lección de la vida isleña: que casi cualquier problema, con la excusa adecuada, deja de ser culpa tuya. Bendita sea, entonces, la calima. Y ahora, si me disculpan, no puedo seguir escribiendo. Ya saben por qué.
