Esperar la guagua en Canarias no es una acción, es un estado del alma. Uno no espera la guagua: uno habita la espera, se instala en ella, hace de la parada un pequeño hogar temporal con vistas a una carretera por la que, tarde o temprano, dicen que pasará algo.
La aplicación del móvil, ese oráculo moderno, lleva quince minutos asegurando que la guagua llega «en dos minutos». Son unos dos minutos elásticos, conceptuales, que se estiran como el chicle y que ningún físico ha logrado explicar todavía. Tú miras el reloj, miras la app, miras el horizonte vacío, y vuelves a empezar el ciclo con la paciencia de un monje.
A tu lado, en la parada, se forma poco a poco una pequeña comunidad de espera. La señora que ya la da por perdida. El estudiante con los cascos. El señor que pregunta a todos si ha pasado ya, como si alguien pudiera haberla visto pasar y habérselo callado. Se crean vínculos. Se comparten suspiros. Se forja, en esa marquesina, algo parecido a la solidaridad.
Y cuando por fin aparece, doblando la curva con su andar de ballena amable, todos fingimos indiferencia, como si no lleváramos media vida esperándola. Subimos, picamos el billete, nos sentamos y miramos por la ventana. Ya no importa la espera. Hasta mañana, claro, cuando volvamos a la parada a practicar, una vez más, este arte tan nuestro de aguardar.
