En toda familia canaria hay un cuñado —no tiene por qué ser cuñado literal, es más bien un cargo espiritual— que en cada comida familiar suelta la misma sentencia: «pues en la Península se vive mejor». Lo dice en enero. En una terraza. A veintitrés grados. En manga corta.
Uno le mira, mira el cielo azul, mira el mar al fondo, mira su propio brazo bronceándose en pleno invierno, y no sabe si reír o pedirle que se explique. Pero el cuñado no se explica: el cuñado sentencia. Que si allí hay más oferta cultural, que si aquí todo llega tarde y caro, que si el barco, que si el avión, que si estamos aislados del mundo.
Y algo de razón tiene, no vamos a engañarnos. Aquí un paquete tarda lo que tres reinados y comprar por internet es un acto de fe logística. Pero de ahí a añorar el frío de una meseta en pleno febrero hay un trecho que solo el cuñado canario está dispuesto a recorrer.
Lo mejor es que jamás se irá. Ese es el detalle. Lleva veinte años diciendo que en la Península se vive mejor y ahí sigue, echando raíces junto al mar, quejándose del paraíso con la boca llena de papas arrugadas. Y en el fondo lo entendemos, porque quejarse del sitio donde uno vive de maravilla es, quizá, el deporte nacional más honesto que existe.
